SERES HUMANOS

PUBLICADO CON CARIÑO EL

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Está sonando Chainsmoking, del álbum Village, de Jacob Banks. Es un gran álbum, aunque debo reconocer que Unknown y Kumbaya son mis canciones favoritas. Te animo a que las busques si no las conoces. Y que las escuches con los ojos cerrados. Echo muchísimo de menos sentir la música en directo. Es mágico, ¿no? La música nos une, independientemente de si compartimos las mismas ideas u opiniones, independientemente de nuestra procedencia. Independientemente de la edad. Es universal. Es inherente al ser humano.

El COVID-19

Durante el confinamiento, los primeros vídeos que circularon por las redes de forma viral eran de músicos tocando en sus balcones. En esa situación anómala en una sociedad “libre”, la música nos calmaba, nos unía, hacía que saliéramos a las ventanas, las terrazas y los balcones y conectáramos: nos sentíamos parte de algo mayor que nos imprimía esperanza. 

A los días de comenzar los aplausos a las 20:00, decidí poner mi piano blanco cerca de la ventana, abierta de par de par, y tocar esos minutos. Empezó a salir más gente, nos empezamos a mandar besos al aire aun sin habernos conocido antes, y hasta un vecino comenzó a tocar su flauta travesera estableciendo un pequeño dúo de cámara improvisado. Eso somos, ni más ni menos, los seres humanos. Así somos en estado puro, cuando compartimos un objetivo, cuando cerramos los ojos y nos dejamos llevar por algo que es mucho más que lo que somos cada uno en nuestra individualidad. Y sin embargo, todo se esfuma de repente, de nuevo, inmersos en el día a día alienante en el que el ego nos saca a pasear y la sociedad ligera de valores nos pone la alfombra roja directa a la desconexión total. A pesar de estar en la red. A pesar de estar rodeados de gente. A pesar de todo y de todos.

Le necesidad de una mirada más humanista

Empezaron a sonar voces que ponían en evidencia que precisamente lo que todos los psicólogos recomendaban: leer, tocar un instrumento, cantar, bailar o hacer ejercicio físico, es precisamente, aquello a lo que le hemos relegado el último lugar en los colegios, si es que le hemos relegado alguno. Hemos tenido la osadía de separar el conocimiento en ámbitos estancos, los hemos jerarquizado (ciencia por lado, arte por otro), y ello ha dado lugar a un progreso sin precedentes en el ámbito tecnológico, es innegable. Tenemos posibilidades casi infinitas de hacer cosas. Pero tenemos un problema: no sabemos el porqué ni el para qué de todo ello. Y así andamos, como pollos sin cabeza con tecnología punta, pero sin saber hacia dónde nos dirigimos y qué sentido tiene todo. Estamos perdidos, nos sentimos más solos que nunca, hay amenazas en todos lados, nos confiamos en los dirigentes políticos, nos manipulan, nos ningunean, cada vez tenemos más miedo, nos cuesta más conectar con el otro, hemos dejado de pensar, de escucharnos, de vernos de verdad, de sentirnos.

Facilitadores del cambio

Pero en los peores momentos, en medio de la gran incertidumbre y sin poder estar cerca de nuestros seres queridos, aún sin conocernos salíamos a los balcones a tocar música juntos, a mandarnos besos al aire, a apoyarnos en la distancia, a decirnos sin palabras pero quizá con música y palmeos que estábamos juntos en esto. En esos momentos de tensión, en esos momentos de paro obligado. Y por ello, yo tengo esperanza. Porque somos seres mágicos. Porque hemos conseguido cosas inimaginables. Porque la música la llevamos dentro, y solo necesitamos volver a sacarla.

Por todos nosotros, los fuimos y los que somos y seremos, debemos pararnos. Debemos pensar que quizá sea momento de despertar del letargo. Debemos estar dispuestos y comprometidos a reforzar juntos este mundo que comienza a dar síntomas de colapso. Antes de que se convierta en ruina. Antes de que sea demasiado costoso, demasiado mastodóntica la reconstrucción.

Debemos comenzar a dar sentido. Debemos comenzar por tener una mirada más humanista, un espíritu realmente colaborativo. Tenemos que construir un relato compartido, y una vez lo tengamos, guiarnos a través de las estrellas que conformen el camino. E primer paso es darse cuenta de que necesitamos darlo.

Sé que lo conseguiremos. Trabajaré cada día de mi vida junto a aquellos que como yo, quieran formar parte del grupo de “thinkers” y “doers” que lo hagan realidad.

Por tí, por mí, por nosotros. Porque nos merecemos una sociedad mejor. Porque se la debemos a nuestros hijos y nietos. Porque somos capaces de eso, y de mucho más.

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